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Buscando el equilibrio, mi afán y mi tiempo


Buscando el equilibrio, mi afán y mi tiempo

“¿Qué es lo que en verdad gana la gente a cambio de tanto trabajo? He visto la carga que Dios puso sobre nuestros hombros. Sin embargo, Dios lo hizo todo hermoso para el momento apropiado. Él sembró la eternidad en el corazón humano, pero aun así el ser humano no puede comprender todo el alcance de lo que Dios ha hecho desde el principio hasta el fin.” Eclesiastés 3:9-11


Esta porción de las escrituras nos brinda una profunda reflexión sobre la naturaleza del tiempo y la vida humana. Él nos recuerda que "todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora" (Eclesiastés 3:1). Esta sabiduría sigue siendo relevante hoy en día, ya que nos enfrentamos constantemente al desafío de equilibrar los tiempos de Dios con el afán de nuestras propias vidas.


Vivimos en una época en la que el afán es la norma. Las prisas, las expectativas sociales y la constante presión por el éxito nos empujan a vivir en un estado de agitación constante. Nos obsesionamos con el mañana, tratando de controlar cada aspecto de nuestras vidas, como si el tiempo estuviera en nuestras manos. Sin embargo, Eclesiastés nos recuerda que, a pesar de nuestros esfuerzos, no podemos cambiar el ritmo natural de las estaciones de la vida.


El versículo 11 nos dice que Dios ha puesto la eternidad en el corazón del ser humano, pero que no podemos comprender la obra que Él hace. Cuando el texto afirma que Dios "ha puesto la eternidad en el corazón del hombre", está señalando que, inherentemente, los seres humanos tienen una comprensión innata de la trascendencia y anhelan algo más allá de la existencia terrenal. Sin embargo, la segunda parte del versículo, al decir que el hombre no puede comprender la obra que Dios hace, nos recuerda que nuestra comprensión finita no puede abarcar completamente los designios divinos. Así, este versículo subraya la tensión entre nuestra búsqueda de significado eterno y nuestra limitada capacidad para entender el propósito completo de Dios en el tiempo.


Es por lo anterior, que esta declaración nos invita a reflexionar sobre el hecho de que, aunque anhelamos entender y controlar cada aspecto de nuestras vidas, hay un misterio profundo en la obra de Dios en el tiempo. Pero ¿cómo podemos reconciliar nuestra necesidad de control con la realidad de que hay momentos en los que debemos confiar en los tiempos de Dios?


La clave está en encontrar un equilibrio. En lugar de luchar constantemente contra la corriente del tiempo, debemos aprender a fluir con ella. Esto no significa renunciar al esfuerzo y la planificación, sino a reconocer que hay momentos en los que nuestras acciones no pueden cambiar el curso de las cosas. En esos momentos, la confianza en Dios se convierte en nuestra ancla.


Quiero compartir la siguiente historia:


En el bullicio frenético de la ciudad, vivía Margarita. Su vida estaba marcada por la prisa constante, las reuniones de trabajo interminables y el tráfico caótico de la ciudad. Como madre soltera de dos hijos y una exitosa vida profesional, el tiempo siempre parecía escaparse de sus manos.


Un día, mientras organizaba su casa en medio del caos urbano, Margarita encontró un viejo reloj de arena en una caja de mudanza. Lo limpió con ternura y lo colocó en su estante. Mientras observaba cómo la arena fluía lentamente de un lado a otro, comenzó a reflexionar sobre su propia vida en la ciudad.


Margarita se dio cuenta de que, al igual que la arena en el reloj, el tiempo era un recurso precioso que se agotaba constantemente. Se preguntó si su constante afán por el éxito y las demandas de la vida en la ciudad le estaban impidiendo apreciar lo que realmente importaba: la calidad de sus relaciones, su bienestar mental y emocional, y su conexión espiritual con Dios.


Decidió hacer un cambio. Comenzó a dedicar tiempo a desconectarse de su ajetreada vida, ya sea caminando por un parque, meditando en su hogar o disfrutando de momentos de tranquilidad y edificación en su congregación. Aprendió a establecer límites en su trabajo y a decir "no" a las distracciones que la alejaban de lo importante.


A medida que pasaba el tiempo, María notó que su vida se llenaba de un nuevo sentido de propósito y satisfacción. Sus relaciones se fortalecieron, y ella misma se sintió más en paz, incluso en medio del bullicio. El reloj de arena, que antes le recordaba el constante flujo del tiempo, ahora le recordaba la importancia de vivir en equilibrio, confiando en los tiempos de Dios, incluso en el estrés de la ciudad.


La historia de Margarita nos enseña que, incluso en entornos ajetreados, debemos encontrar tiempo para el descanso, la reflexión y la conexión con lo divino. Los tiempos de Dios a menudo se revelan en los momentos de calma y paz, cuando dejamos de luchar contra el flujo del tiempo y comenzamos a fluir con él, encontrando un equilibrio que enriquece nuestras vidas en medio del ajetreo.


Los tiempos de Dios pueden ser misteriosos y, a veces, frustrantes, pero también están llenos de oportunidades para el crecimiento, la gratitud y la sabiduría. En lugar de permitir que el afán gobierne nuestras vidas, podemos buscar momentos de paz y reflexión en los que podamos recordar que Dios tiene un propósito para cada estación de nuestra vida.


En conclusión, esta porción de las escrituras nos desafía a encontrar un equilibrio entre el afán de la vida y la confianza en los tiempos de Dios. A través de esta reflexión, podemos aprender a apreciar la belleza de cada estación de la vida, aceptando que no siempre entenderemos el plan de Dios, pero que podemos confiar en que Él tiene un propósito en todo momento.

 
 
 

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Nelson Castro Alarcón
Nelson Castro Alarcón
09 de set. de 2023

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